Escribir lo que siento es mi modo de vida. Mi vía de escape, mi desahogo necesario, diario. Hay veces que ni siquiera escribo en papel, simplemente surgen frases perfectamente ordenadas en mi mente, que tienen mucho sentido y que surgen, sin más, de la nada, con tanta magia y armonía como el mejor cuento jamás contado, pero no lo plasmo en papel, lo hago en mi cabeza, sintiendo cada una de las locas palabras que se pasean alegremente por mi mentes sin haber sido llamadas. Es curioso como sin quererlo y sin intentarlo, de repente, sucede. Y por eso amo escribir, ya sea plasmándolo o no, porque puedo ser yo.
Así es como soy, y así es como me siento. Así te lo cuento.
Soy alguien que no está dispuesta a tener esa mala costumbre de querer a medias, pero sí de no mostrar lo que siento a los que están cerca. Y es que yo soy de esas personas que tienen la mala costumbre de buscar excusas para no desnudar mi alma. Esa que a día de hoy busco. Porque ya no sé donde está, ni donde se encuentra. Tampoco sé si está triste o feliz, si está enfadada o quizás simplemente esté divitiéndose, pero sé que está cansada y que pesa, más que nunca. Y si pesa, me impide seguir caminando, y si paro a mitad de camino la lucha habrá sido en vano, pero es que a estas alturas ya no recuerdo por qué empezó la guerra y tampoco quien ganó la primera batalla, ni las sucesivas, ni siquiera sé cuantas hubo.
Solo sé que a mis diecinueve añitos, siento que he vivido demasiado y que he dado más de lo que se esperaba de mi. Que mi juventud es mía y me la están robando y en medio de esa guerra me estoy perdiendo. Y no quiero eso, porque aún recuerdo como era sonreír a diario por nimiedades y vivir sin preocuparme de la más mínima cosa. Sí, lo recuerdo, lo recuerdo absolutamente todo y lo echo de menos, tanto, que hasta estoy dispuesta a salir a delante y recuperarme. Y volver a ser yo. Tengo que hacerlo. Perderme es un precio demasiado alto por gente que no merece la pena. Y encontrarme

